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¡Hola! Tal vez lo que voy a contarles no sea nada extraordinario, pero en la sencillez habita la belleza. Y eso es lo que me trasmite a mí el seminario.
Recuerdo que hace algunos años, los seminaristas iban a las parroquias desde el sábado a la mañana. Nos ayudaban con catecismo y luego a la tarde con los grupos de niños y jóvenes. Siempre serenos, alegres y generosos.
Fueron momentos de felicidad compartida. Esperábamos a que fuera tercer domingo para ir a visitar a algún seminarista que venía de otra provincia y no tenía posibilidad de ver a su familia. Esas tardes pasaban rápido, entre charlas profundas, buenos consejos, mates, risas y a veces, guitarreadas. A las 19 sonaba la campana que indicaba el rezo de vísperas y por ende debíamos regresar.
Qué nostalgia me da recordar esos momentos. Y qué alegría haber visto cuánto crecieron hasta llegar a ser buenos sacerdotes.
Somos afortunados de tenerlos y le agradezco a Dios por eso.
Giuliana Calabró.
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